FILOSOFIA DEL PAISAJE. Conrado Maleta, 2006.
Filosofia Del Paisaje.
Arq. Conrado Rafael Pérez Maletá
Documento presentado en el marco del FORUM
IDEA 2006. 9na Bienal Internacional de las Artes
de la Habana.
I. El soporte etimológico de la búsqueda intelectiva del paisaje.
"A los hombres les gusta contemplar el mundo con los ojos de Dios y comprender los secretos del más allá mediante el pensamiento humano." Khalil, Gibran.
La voz de la eterna sabiduría.
El mundo es grande y variado. Los rostros del planeta son múltiples y el ser humano en su inagotable trabajo ha transformado la piel telúrica donde transita y vive. El homo sapiens ha conquistado los altos picos y los valles salinos en depresiones del relieve, ha dominado ríos y fuentes de silvestre nacimiento para provecho de los suyos. El hombre ha aprendido a leer el paisaje, intelectualizando el marco visual de su existir.
La Humanidad toda en un proceso complejo de conformación intelectiva del lenguaje forjó un sistema de códigos lingüísticos y de conexiones mentales expresadas a través de estos que tendieron el puente entre la realidad inmediata y su reestructuración mental. Las formas en que los idiomas y hablas del mundo sintetizan los conceptos relacionados con el marco de interacción geofísica varían acorde al average acumulativo de fondos cognitivos de tipo semántico con que cuenten. Las búsquedas de las raíces etimológicas de las palabras que identifican los términos como país o paisaje llevan a un interesante y atractivo viaje a través de los entrecruzamientos culturales de la Historia Universal. Pero ¿para qué un rastreo de los orígenes de las palabras? ¿A dónde nos conduce esto?
La comprensión del valor real del paisaje en la vida del ser humano contemporáneo y de otras épocas es un factor clave para identificar los puntos sensibles en la aprensión de la filosofía que entraña aceptar principios tan a la moda como el ecologismo y el naturalismo. Lejos de hacer una renuncia al objetivismo de la existencia de un paisaje o de un entorno geográfico de significación y alcance intelectivo, la exploración filosófica del tema toma como referencia el hecho de que antes que nada este mundo es primeramente un mundo de cosas. Cosas estas que necesariamente tenemos que reconocer en su esencia conceptual para alimentar nuestro cúmulo de ideas teoréticas y fáctuales individuales o de memoria colectiva. Objetos físicos que pueblan con su presencia esencial la tangibilidad y legibilidad del mundo y que tanto en la línea de nuestra razón fronteriza de Ser y Estar como en sus síntesis meta esenciales toman asiento en los caracteres sígnicos del lenguaje y pensamiento mismo dando sentido a nuestro más íntimo hecho de existir. Lo anterior no cae necesariamente en reconocer un nihil est in intellectus quod prius non fuerit at sensu, sino que independientemente del ángulo de asimilación de las ideas conceptuales se es objetivamente parte de un mundo escénico super habitado de cosas esenciales que nos llenan cognitivamente, nos nutren y se retroalimentan del lenguaje.
El peso de las codificaciones lingüísticas de este mundo de cosas escenográfico resulta de su papel como ventanas hipercontextuales y ocasionalmente sistémicas. El rastreo etimológico de los conceptos desbroza la naturaleza múltiple del lenguaje y por extensión de los productos filosóficos recepcionados por estos, no siempre desde una posición esclarecedora sino inquisitiva o abrumadoramente inciertas. Un ejemplo sencillo de la compleja interconexión de los idiomas humanos lo tenemos en la similitud en la tradición iraní de los términos paraíso y jardín (faradis) que no están claramente diferenciados en un marco físico relativamente hostil y tendente a unificar mentalmente ambas ideas y que como parte de un proceso de síntesis lingüística efectuó una expropiación hacia el Occidente en lenguas como el griego, luego al latín y finalmente al castellano como “paraíso”.
Las raíces idiomáticas de donde procede la palabra paisaje conducen por un sendero complejo de prestaciones y transformaciones del sentido original y primitivo del término latino de donde procede. La palabra “pagus”1 incorporada al castellano como pago, es decir distrito agrícola hacia 1095 aproximadamente, también derivó en el catalán como “pagés”, es decir campesino o poblador de aldea y también contiene como referencia etimológica al término en latín de “pagensis”. El término francés “pays” define finalmente la raíz de donde parte el “paisaje” castellano reconocido por primera vez hacia 1597 y a su vez extiende su etimología a la idea y concepto de apaisado como de algo apto para ser representado “paisajísticamente”. Una búsqueda en sentido inverso de la significación y origen de la palabra paisaje desde la lengua latina nos da que el término de paisaje se identifica como topia, iôrum2 en su referente más directo con el de jardín o topiaria. Una comparación simple del término latino y la concepción de topografía técnica acerca la idea de paisaje más con el concepto de geoestructura que su acepción culturológica primeramente enunciada.
Analizado el asunto de forma aún más amplia en grupos diferentes de tipo lingüístico tales como las lenguas latinas derivadas del latín y las lenguas europeas de filiación anglo-germánica, ha de encontrarse con los referentes comunes de tipo geográfico o territorial para las últimas (inglés landscape, sueco landskap, alemán y ruso landschaft) a partir de la raíz común de land, es decir, tierra o territorio. En contextos latinos (italiano paesaggio, español paisaje, francés paysage) el concepto mismo de paisaje deriva de una aproximación más antropológica, digamos que de nociones antropizadas del país, del territorio. De todos modos, la ambigüedad es patente. El paisaje podría ser entendido tanto como un concepto cultural en el que la idea de habitante del campo es medular, ambiente campestre, vida campechana, pensamiento agrario y filosofía campesina de la vida y del ser. En otro sentido, paisaje es también estructura geofísica, emanación telúrica todopoderosa y autónoma; filosofía de la nulidad intrascendente del ser humano ante las fuerzas divinas.
En lenguas semíticas, en este caso particular el Hebreo, vemos que las palabras tienen la tendencia de derivar a partir de una raíz primitiva basada en tres caracteres. En el Hebreo contemporáneo, la palabra en uso para Paisaje es nof נוֹף, la cual literalmente significa “altura” y para hacer notar las dimensiones de su significado podemos relacionarla a manof la cual significa “grúa”, como en el caso de grúa de construcción. El paisaje no está significado como colina directamente, dejando a un lado la existencia de llanuras y otras formas de estructuración geográfica y geológica; Nof como concepto nos indica que el Paisaje es aquello de requiere una visión panorámica abarcadora, una vista total desde la altura. Sin un observador desde la altura, desde el nof, no hay una definición, una clara visión de lo que es paisaje. El sujeto que ejecuta la acción de observar es el único capaz de definir el contenido y el límite del paisaje como idea y como objeto.
Para Berque, por solo citar un ejemplo, el paisaje ha de entenderse en dos formas estructurales simultáneas, por un lado, lo relativo al ambiente consideradas a través de la noción de forma intrínseca y por otro la visión subjetiva inteligible a partir de las imágenes y palabras que constituyen representaciones mentales y culturales del concepto de paisaje. La apreciación del paisaje difiere de una forma civilizatoria a otra. Así pues las concepciones relativas al paisaje asumido por las naciones sedentarias de estable desarrollo en un espacio geofísico, asumen el paisaje a partir de la idea de la otredad, la subordinación y el humanizar del medio, mientras que para el nómada, él mismo es parte del paisaje.
En sus escritos sobre el tema, Tomás Maldonado deslinda en relación con la idea conceptual de paisaje dos acepciones que se insertan en la consideración dual del concepto planteado como tal:
Primero. Se nos acerca al valor estético-visivo como categoría definitoria del concepto en el cual el paisaje es entendido como un fragmento, una sección viva de la naturaleza que de manera antropizada a partir de los mecanismos de percepción visiva de modo selectivo han hecho del mismo precisamente fragmento a través de la representación figurativa en las artes y ramas de la representación abstracta visual como el diseño, pintura, fotografía y demás.
Segundo. Se asume como identitario de la idea conceptual de paisaje el valor científico-descriptivo implícito en su descripción física y mental de raíz puramente geográfica en el cual el paisaje es entendido como espacio tangible en pleno desarrollo en una cláusula de tiempo geológico, es decir es un momento intelectivamente definible por las ciencias específicas de un vasto e ininterrumpido proceso formativo, constructivo y organizativo de la realidad mediata, es decir, es una parte activa del espacio y ambiente en una escala evolutiva cronológica.
El dilema planteado desde la óptica etimológica podría delinear los caminos de manera divergente. El primer sendero a tomar habría de llamarse inclusivo, es decir, es el paisaje un todo genérico y conceptual, océano llano de acontecimientos perceptivos y geoestructurales aunados en un resorte orgánico y sistémico. Paisaje seria Ser trascendente de multiplicidad circunstancial y personal.
Un camino de evocaciones divergentes afirmaría la imposibilidad del hecho ontológico del paisaje más allá de cierta frontera necesaria y de factum impreso por la personalidad intelectiva del que "sueña" Ser y Estar en el ancho mundo este donde los lazos y relaciones macroestructurales con su elaborada arquitectura de nudo gordiano se erigen generadores del razonable sentir del concepto de paisaje En resumen, tendríamos por un lado la concepción antropológica del paisaje: ontología del ser unívoco sobre la diversidad universal equívoca; concepción cosmológica del mundo en el que el ser emana de esencias de alcance macro estructural y se subordina al fluir de la razón primigenia.
II. Antropología y cosmología del paisaje. El alcance ontológico.
“Prueba a hablarle a una piedra y sentirás una mística resonancia. Háblale a una cadena de montañas, resonará como un espejo. Escucha un bosque cubierto de nieve, y oirás el silencio.” (Sverne Fehn)
Las premisas epistemológicas que se esbozan ante la cuestión conceptual del paisaje aquí planteada resultan notablemente interesantes y complejas tanto por su contenido como por su potencial alcance ético. "La delimitación de lo teórico ha llevado a plantearse la esfera de la actuación práctica; la pregunta ¿Qué puedo conocer? Ha sido el único medio para despejar el camino hacia ¿Qué puedo hacer y esperar?”3 Kant, Immanuel: Crítica del Juicio. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1990.
Los aspectos cognoscibles del hecho paisajístico determinan un variable grado de compromiso intelectual hacia el mismo. Las vías culturalmente condicionadas de aprendizaje dejan abiertas rutas de aproximación hacia el objeto en cuestión y sus valores esenciales. La forma del paisaje en la proyección mental del observador esta directamente potenciada por la conciencia intelectiva y el repertorio de conceptos y experiencias culturales que se parapetan en el trasfondo subliminal del YO social. Esto determina un ethos relativo más o menos consciente hacia el patrimonio cultural y geofísico al que llamamos paisaje.
El estudio teórico y conceptual del tema del paisaje desde nuestra óptica, pretende bordear las maneras meramente intelectuales de acercamiento sin adentrarse en los plurales factum que tanto el arte, arquitectura u otra forma práctica de intervención-acción puedan generar. No obstante, la razón motivadora de la búsqueda trasciende el puro juego de aprendizaje filosófico en acecho del descubrimiento del "sentido" y su razón necesaria en el objeto teorético para a través del mismo y encauzándolo de igual modo, llegar a comprender la función, verdadera ratio de las causas humanas. "El sentido siempre es una presuposición de la función". (T. Segerstedt.)
En el kantismo se nos hace reflexionar sobre la consideración fundamental entre materia y forma del objeto de análisis. La forma como centro del entendimiento y enjuiciamiento del ente que racionaliza y valora en términos de gusto amplía su rango abstracto para replanteársenos en el seno de la idea naturaleza: forma de la naturaleza y naturaleza estetizada y enjuiciada en el arte. Las cuestiones de composición y apreciación del objeto natural, paisajístico dependerían de la forma y estructura del mismo, acercándose así a cuestiones relativas al como y el para qué del evento y su universo. Se introduce también en este camino el concepto de "técnica de la naturaleza" para expresar de cierta manera muy intelectual el fenómeno interactivo por el cual se produce un enjuiciamiento de la naturaleza por parte del ser humano y se revela en este proceso la posibilidad de abstracción que genera la idea de semejanza de la naturaleza en conjunto con el arte en un camino de juicio de pureza antrópica. Kant nos acerca a la idea de adecuación formal de la naturaleza a un fin. Los componentes del paisaje, de la naturaleza en general a partir de sus leyes y formas no actúan por libre conformación sino que se estructuran para el juicio a través de un patrón que ajusta y encauza sus condicionales expresivas. Mas ¿Juicio de quién? ¿Por qué y para qué?
II.1 Antropología y ontología.
La cuestión antropológica del autonomismo del paisaje como ente filosófico al no depender objetivamente para su inteligibilidad de las razones geofísicas permite a su vez enunciar el papel del arte y de la conciencia individual del hombre-creador como potencialmente regeneradora e innovadora del rostro planetario. Las proyecciones fácticas del universo mental y cultural del artista sobre su medio circundante devienen modelos heurísticos que sugieren y anticipan macro reacciones socioculturales. La responsabilidad del individuo sobre lo general amerita su correcta interiorización del valor filosófico de su Ser respecto al paisaje, es su ser sobre el estar. Una postura antropológica ante la noción vivencial del paisaje podría llegar a justificar como homo-céntricos los planteamientos que entorno al paisaje se enuncien. El mismo sería entonces un potencial producto de la acción humana y su proyección mental inmediata. La ruralización-urbanización efectiva del medio natural y su antropización implicarían reconocer a los factores humanos un papel preponderante en la conformación geofísica y legitimarían a plenitud las acciones sobre el mismo. Un notable ejemplo de subordinaciones conceptuales en este sentido y punto de vista quedaría expresado de la siguiente manera:
“La geografía no arrastra la historia, solamente la incita. La tierra árida que nos rodea no es una fatalidad sobre nosotros, sino un problema ante nosotros (… ) Castilla es tan terriblemente árida porque es árido el hombre castellano. Nuestra raza ha aceptado la sequía ambiente por sentirla afín con la estopa interior de su alma.”4. Ortega y Gasset: El Espectador III. Biblioteca Nueva. Madrid, 1950.
Tendremos acá una subordinación de la razón de ser del objeto paisaje a las necesidades de legitimación del ente hombre respecto al medio en que circunscribe su acción. Dado que es el humano en su constante racionalizar el mundo el que codifica, abstrae y recrea a través de conceptos la realidad, ha de preverse la inutilidad de esta última fuera de la investigación subjetiva. Puntualizando someramente las ideas jungianas, para que sean el paisaje y las representaciones del mismo expresiones del TODO de nuestras ánimas en su equilibrada proyección, deberá existir solo en el ente que lo juzga y se proyecta una noción metafísica del todo a codificar, abstraer y representar más allá de la frontera necesaria del YO. Sobre el papel que desempeña el Ser intelectual y psíquico sobre la valoración existencial del paisaje se puede enunciar la tesis sostenida por Simon Schama que niega la cognocibilidad pragmática de un paisaje estrictamente natural (wilderness), autónomo y de evolución independiente a nuestra determinación conceptual, sustentado esto en el que "antes de ser reposo de los sentidos, el paisaje es una obra de la mente. Un panorama está formado tanto de estratificaciones de la memoria como de sedimentos de rocas". Schama plantea abiertamente la dicotomía intelectiva de la percepción sobre la realidad objetiva del paisaje y su dependencia respecto a una sublimación del papel del Ser respecto al Estar, del Yo indagativo y reflexivo sobre el contenedor y suministrador de datos y conceptos vivos del universo vivencial dad la relativa independencia sobre el mismo.
Debido a que el fundamento intelectivo del filosofar se encuentra en la necesaria y esclarecedora búsqueda del Ser, se hace imprescindible reconocer que en dicha búsqueda está contenida una inquietud indagativa, una insatisfacción, una presente finitud a resolver con la pesquisa trascendente del hombre pensante. Cada cuestionamiento del ser debe llevar a lograr encontrar el horizonte de su propio existir. Y el sentido de este borde interactivo se encuentra en el uso pretendible del mismo. El análisis antropológico del paisaje y su aparente intrascendente razón de existir fuera del reconocimiento intelectivo se sitúa en el encuentro del Yo y su frontera ontológica, en el rasgo esencial del ser pensante finito que según el kantismo está en su relación con lo exterior. De igual manera la dependencia interactiva del YO con la exterioridad estaría dada en la Sensibilidad no ya únicamente física sino aproximativa del carácter ontológico esencial de la búsqueda humana individual. Se produce entonces un retorno al mundo de cosas que acoge en su seno al hombre esencial sin definirlo.
La postura antropológica de interpretación de la razón de ser del paisaje y su estructuración se elabora marginalmente respecto al sujeto que se debate en identificarse en su existir. Las órbitas de tránsito entre el factor geofísico y el actor humano divergen irremediablemente. Se encuentra este último abocado a la soledad infinita de su superioridad intelectual. La inexistencia del otro en la apreciación intelectiva del paisaje o más bien su indiferente valoración respecto al individuo posicionado como eje medular de su propia búsqueda determina un status quo de figuración pesimista ante la razón de ser de las cosas. La existencia de una noción necesaria fronteriza de valor antrópico marca las líneas estructurales de conciencia respecto a otro imposible fuera de dicho muro de convenciones y relaciones del Ser. La improbabilidad existencial del individuo filosófico se expresa en la idea de una continencia cognitiva del sujeto en la que el medio exterior manifiesto a través de sus supuestos atributos esenciales carece de una forma objetual estable y autónoma, defendible además y de permanencia más allá de lo arquetípico en las conciencias del ser social.
Dada la inexistencia del evento geofísico natural como pieza estructural unívoca y con devenir propio a considerar, el ser humano se enfrenta con la no-identidad del espacio exterior contenedor de su horizonte ya imaginario. La reducción experiencial queda en un nihil es: el ser humano que crea todo nada encuentra en el desencuentro de su pensar. Nada está permitido ser fuera de lo que él mensura y codifica, nada está más allá de su trascendencia que a su vez es resulta inalcanzable en su finitud.
La ubicación del ser humano en el centro intelectivo de la paradoja filosófica entorno al paisaje y su codificación subordinada a la apreciación culturológica del mismo plantea de igual manera la cuestión relativa al sentido fáctico de la existencia de este respecto al ser individual. La función atribuible al paisaje determina el sentido de ser del mismo. Pero la idea filosófica de función está unida a la noción de forma, atributo esencial en dudosa preexistencia si se asume una superioridad del individuo, sus razones, acciones y proyecciones respecto a un independiente evento paisajístico. La razón del horizonte trascendente no es explicable desde el punto de vista de su función puesto que él es frontera necesaria y no ser en sí. Y entonces… ¿a dónde llegamos?
"Los paisajes invisibles son las múltiples lecturas posibles de la realidad… los paisajes invisibles no son solamente territorios físicos naturales, urbanos, arquitectónicos, sino también mentales, o sea parte del imaginario del observador." 5. Redaelli,
Gaia: Los paisajes invisibles. Paisaje,
redes, comunicaciones.
II Taller Internacional de Arquitectura. Baeza, España, 2000.
La perspectiva antropológica descubierta en su médula como pesimista y reductora de las libertades de ese mismo ser humano que centraliza y eleva teóricamente respecto a su medio plantea a su vez una crisis estructural de tipo gnoseológico. ¿Es cognoscible en su esencia el mundo? ¿Qué es el paisaje ciertamente? ¿Se puede valuar el paisaje?6 ¿Cuál es el sentido del paisaje?
II.2 Cosmología y ontología.
El acercamiento indagativo al paisaje desde la mirada cosmológica toma como referente dos cuestiones primarias. Primero debe dejarse claro que como cosmología filosófica se hace renuncia a una concepción hilozoista o meramente naturalista del paisaje como objeto de estudio. El paisaje como cuerpo filosófico y geofísico no cuenta con una existencia propia en el entendimiento de existencia como individualización de la esencia de Ser. El paisaje no vive para sí ni por sí. Tampoco cuestiona la razón de su ser ni la de sus atributos, sino que su existencia se da desde una postura abstracta y efectivamente cosmogónica.
La variante posicional filosófica planteada como cosmológica conduciría abiertamente a una subordinación interactiva del quehacer humano ante la fuerza estructural y estructuradora el Universo. Se incluiría en todo análisis desde esta óptica el hecho de un ser humano, una humanidad determinada y sumergida en un océano de elementos ambientales mediatos a los cuales se suma como pieza esencial. El papel del hombre es primordial aun en esta postura debido a su atributo de ente pensante, de referente fundamental en todo análisis por cuanto de él mismo parte la investigación e indagación filosófica. La cosmología del paisaje es entendible desde una organización mental del investigador más genérica y monumental en la que el sujeto que se cuestiona el hecho del Ser esencial no pretende suministrar como pre-juicio su preeminencia estructuradota como centro de las cuestiones a debatir. No obstante, al ser la filosofía una ciencia humana y sus preguntas medulares y rectoras concebidas en función de hacer inteligible la ratio universal a los individuos de la especie, es lógico que dichos cuestionamientos tengan al ente antropológico como atalaya intelectiva y en gran medida como frontera a la razón suficiente del hecho de Estar.
Aun cuando se presuma del carácter cosmológico del paisaje y la relativa independencia de sus atributos, el peso de la existencia humana como ente pensante y actuante que mensura a su necesidad el espacio vital y circunstancial mantiene abierto el camino valorativo en preguntas como: ¿Qué es el paisaje sin la apreciación por el hombre del mismo? ¿Es paisaje lo que el ser humano no codifica conceptualmente y por ende cognitivamente como tal? ¿Hay paisajes
fuera del intelecto? ¿Hace la naturaleza el paisaje y al hombre como parte de él? En un cierto momento, se dio a hablar de la necesidad de una cierta ciencia que aunara en un solo camino indagativo los cuerpos teóricos de la geofísica y geografía en relación directa con el devenir histórico de la especie humana. La antropogeografía como rama del conocimiento estudiaría la manera cómo la tierra ha impreso sus huellas en la vida del hombre. Indaga en las formas en que el paisaje como marco específico de soporte de la actividad del mismo ha influido en la historia de sus sociedades. Según Rätzel: “los monzones, soplando, han hecho ellos solos la décima parte de la historia.”
Uno de los más comunes senderos de la investigación filosófica en la historia del pensamiento toma como punto referente la necesidad existencial de un Ser supremo. Ser que fundamenta, jerarquiza y responde toda duda, grieta y estructura del universo. Fundamentación usualmente teológica por la cual el paisaje deviene en una forma por la forma misma que se justifica como marco escenográfico creado como proveedor de herramientas y vituallas al hombre, cúspide de lo creado, en su andar el mundo. No obstante, no ha de asumirse la existencia directa y rectora de un ser superior esencial que de sentido a la existencia del paisaje, sino que es él mismo razón intelectiva y reflejo teorético de la razón universal. El paisaje es todo lo que es y todo lo que es resulta objeto inclusivo del paisaje. El qué es el ente paisajístico se aproxima en su concepción racional más que a un cuerpo objetual definido y preciso capaz de ser modificado en su forma y susceptible a perder su valor de contenido, a una realidad macro estructural. La macro estructura podría ser descriptible como objeto únicamente en su abstracción más mediata tras un proceso de radicalización y racionalización de sus atributos simplificándolo a la expresión fronteriza de su Ser esencial. Este mecanismo gnoseológico tiende a semejarse a la idea del kantismo de entendimiento puro aunque sin la necesidad de caer en un paralogismo sino dejándolo en el estricto sentido metafórico.
La postura cosmológica abre la posibilidad de un diálogo entre el ser humano y su medio físico de existencia. Las fuentes de conexión e interacción entre el individuo y el paisaje se encaminan pues en dos sentidos fundamentales, la vía objetiva de interacción y la vía subjetiva de reacción-acción. Las conexiones se producen en formas doblemente convergentes entre los actores de las mismas al reconocerse mutuamente la existencia de la otredad inminente. La historia de la filosofía recoge ejemplos varios del descubrimiento de la otredad inminente por parte del filósofo que se cuestiona su ubicación estructural en el universo. Aun cuando las preguntas y respuestas planteadas tomen un cariz anecdótico, en las mismas subyacen profundas reflexiones relativas a la anatomía del objeto filosófico en su ser integral. La archiconocida sentencia de Heráclito “nunca volveré dos veces al mismo río” transparenta en sí un doble ángulo de observación. El primero parte desde la ubicación del individuo respecto al medio en que desarrolla su existencia: cada vez que el hombre se aproxime a un punto de encuentro con el Ser esencial, ha de replantearse cada pregunta debido a la mutabilidad fronteriza del otro. La segunda mirada toma como referencia al agente exterior que comparte en su integridad las mismas dudas existenciales, nunca es el mismo río el que recibe al hombre: no hay un concepto estático y convencional de río ni necesariamente una imagen fija del concepto de río para el observador.
Aun las ideas de tipo arquetípicas de río variarían de acuerdo a la experiencia vivencial sobre los ríos tenida por el otro. Queda el enjuiciamiento de la naturaleza del río y el auto reconocimiento de la nuestra como camino para revelar las potencialidades cognoscibles de ambos entes. Dentro de estas potencialidades está la probable presencia de un criterio dianoético en el que el arte sería una forma primordial. Formando parte del estudio mutuo de las naturalezas de los entes involucrados se incluiría la apreciación formal que implica la objetivación de leyes y formalidades sistémicas que actúan como patrones de reconocimiento. La adecuación formal es un fin diría entonces Kant y esta adecuación es la vía por la que se descubren cuestionamientos reflexivos de tipo estéticos en los que se involucran formas tan simples como el placer probable de la contemplación de la naturaleza y el paisaje en particular. Acá la semejanza entre la idea de paisaje-naturaleza y el arte.
III. La razón paisajística.
“… lo observado en la naturaleza es tan solo un pretexto.” David Mateo, Palabras en acecho.
Aun cuando todos los miembros de la especie humana viven inmersos en espacios más o menos reconocibles como paisajísticos, ha de tenerse en cuenta el grado de consideración intelectual que se ha hecho al medio físico y sus componentes tanto geofísicos como conceptuales por cada sociedad en el transcurso del tiempo. Las palabras que han devenido en cápsulas contendoras de los conceptos en relación con el tema muestran variedad de proyección en un dicotómico sentir. Las condensaciones intelectivas del paisaje desde la visión de la filosofía presentan de igual manera dos formas de estructurar el pensamiento y por ende la acción hacia el mismo. Ambos discursos en su aspecto más esencial se asemejan a la información etimológica de las palabras que han identificado al paisaje en las lenguas occidentales más comunes. No obstante, parafraseando a Anthony Burgess los hombres que transitan por el mundo este de cosas acomodadas en una escenografía para mejor desempeño de nuestros roles, rara vez son sus mejores críticos y tampoco son críticos en el sentido oportuno y apropiado. Una búsqueda filosófica abre al ente analítico la oportunidad de adentrarse en la experiencia lúdica del entendimiento y sus razones. Dicho entendimiento agudiza los sentidos y pone de mejor manera la sensibilidad en función de nuestro universo y sus componentes. Un individuo asumirá posturas ecologistas o no de acuerdo a su óptica conceptual del asunto. Se hará una visión estética más centrada en el nudo de hilos que unen el individuo con la naturaleza y sus expresiones si se tiene como premisa por parte del creador dicha conexión e interrelación.
El paisaje como objeto de estudio formal y perceptivo es en si un ente del que el ser humano habría de obtener no solo patrones formales de apreciación comparación estéticas -esto estaría muy acorde con las maneras tradicionales de apropiación conceptual del paisaje por las artes plásticas durante siglos- sino que también ha de aceptarse la evidencia de que es la naturaleza filosófica del paisaje objeto de aproximaciones estéticas en sí mismas. La naturaleza reflexiva de la apreciación filosófica del paisaje abre por derecho propio el camino a inagotables variaciones del objeto artístico que el contiene conformando un sistema estructural de valor heurístico inagotable. En relación a los diversos enfoques asumidos en la lectura y valoración del paisaje como objeto han primado en el mundo contemporáneo formas que van desde la tradicional alegórica-simbólica, las visiones meramente literales-contemplativas, o bien puntos de acercamiento analógicos y evocativos llegándose a atisbos casi místicos por parte de creadores y pensadores bajo influjos tendentes a lo orientalista.
La noción identitaria de un paisajismo ha venido a tenerse como evidentes ante diversos lineamientos de caracteres perceptivos o estéticos y formales según las diferentes escuelas y tendencias así como los criterios por los cuales se han asumido de consumidor-creador a otro. Se ha percibido como paisajístico un cierto factum si la idea proyectada mentalmente (inferida, supuesta) o el factor concreto de horizonte inundan nuestra percepción y recepción del objeto. También cuando se nos presenta una composición en la que el discurso pretende abarcar incidentes macro estructurales insertado en marcos referenciales geo-lógicos. Quizás de otro modo cuando se presentan lecturas antropizadas de la otredad mediata, sus componentes y atributos en conexión con nuestras realidades presenciales. Conceptualmente, el evento paisajístico hace patente sus potencialidades cuando la diégesis parte de las aspiraciones del sujeto antropológico a responder sus cuestionamientos intelectuales y espirituales posicionándose en una probable sujeto de fronteras universales no obstante tangibles y verificables en una praxis y haciéndose a sí mismo inteligible su razón de Ser y sus esencias en el tiempo y espacio conectado a dicho soporte de rasgos cósmicos.
Las intervenciones dentro de marcos paisajísticos y en relación con dichos medios resultan siempre complejas tanto por su alcance como por el grado de concreción conceptual al que se debe llegar para evitar un errado pensar, codificar y actuar que implique o bien un deterioro sobre el medio físico escogido o ya sea una errática manera de traducir la esencia del sujeto-objeto paisaje ante un público que consume y apropia intelectualmente lo presentado. El paisaje como fuente de inspiración conceptual y a su vez soporte de la acción plástica brinda el pretexto para una visión cósmica, verdaderamente amplia, una visión vagamente alucinada a fuerza de objetividad de pospotenciales intelectivos de la obra de arte, no como producto reducible a un mercado, sino como expresión acabada y pura de la subjetividad del alma humana.
Frente al paisaje la generación de la sola idea artística se convierte por derecho propio en una potente máquina que produce bienes tangibles e intangibles de valor estético. La contención emotiva del objeto a intervenir en el paisaje se sondea hasta extraerle en una medida justa, sin desatención ni derroche el sentido cósmico que presupone su inserción dentro del inasible misterio del Universo. Se hace necesaria la escucha atenta de los mensajes sígnicos que los accidentes paisajísticos proveen al artista que parte en su busca. La inminencia del arte se presenta como en los versos de Shelley To A Skylark:
“Like a poet hidden
In the Light of thought
Singing hymns unbidden
Till the world is wrought
To sympathy with hopes
and fears it heeded not.”
Bibliografía
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Contemporani Tous-De Pedro, 1988. España.
-Abbagnano, Nicolás: Historia de la Filosofía. Tomos I y III. Edición Revolucionaria,
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-Berenson, Bernard: Estética e Historia en las Artes Visuales. Fondo de Cultura
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-Colectivo de autores: Pequeño diccionario latino-castellano. Editorial Sopena.
Argentina, 1942.
-Corominas, Joan: Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana.
Editorial Revolucionaria. La Habana.
-Jung, Carl y otros: Man and his symbols. Arkana, Penguin Books. England, 1990.
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-Mateo, David: Palabras en acecho. Ediciones Al margen, Editorial Cauce. Pinar
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Ciudad de la Habana, 1993.
-Ortega y Gasset: El Espectador III. Biblioteca Nueva. Madrid, 1950.
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-Sanchez Ortiz de Urbina, Ricardo: ¿Qué hace el arte? Conferencia pronunciada
el 26 de Febrero de 1999 en la Fundación Segundo y Santiago Montes. Valladolid,
España.
-Trias, Eugenio: EL laberinto de la estética, Conferencia. Granada, 1997. España.
Notas y Referencias.
1Corominas, Joan: Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana. Editorial Revolucionaria. La
Habana.
2 Pequeño diccionario latino-castellano. Editorial Sopena, Argentina 1942.
3 Kant, Immanuel: Crítica del Juicio. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1990.
4 Ortega y Gasset: El Espectador III. Biblioteca Nueva. Madrid, 1950.
5 Redaelli, Gaia: Los paisajes invisibles. Paisaje, redes, comunicaciones. II Taller Internacional de Arquitectura. Baeza, España, 2000.
6 En este punto vale recordar la frase delineada por Nietzsche: Valuar es crear.

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